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Ronald Hill Álvarez
hillron@hotmail.com

Luego de finalizadas las
clases cuando cursaba estudios de primaria en el colegio San José de Bluefields, gestionado por los hermanos cristianos de
La Salle, la Empresa Booth de Nicaragua S.A. ubicada en el puerto El
Bluff, brindaba la oportunidad de obtener empleo a jóvenes estudiantes,
como un medio para ganar un poco de dinero en jornadas de trabajo menores
a las normales, realizando actividades supervisadas por los responsables
de área y como un medio para aprender lo que las personas mayores decían,
el trabajo dignifica al ser humano. Nunca he considerado esas actividades
como un empleo formal, más bien fueron los primeros tiempos de
aprendizaje, de hacer amigos que tenían vida laboral y responsabilidades
mayores a las de un estudiante en vacaciones, al que su familia le
brindaba lo necesario para sus estudios.
Hoy las imágenes y recuerdos
de esos tiempos son inolvidables. Por casi todas las áreas de la empresa
pase dos años con un “empleo estudiantil”. La más fascinante fue el área
de producción debido al proceso sincronizado, desde la descarga de la
captura de camarones en el muelle de los pesqueros hasta el empaque de los
mismos en cajas de cinco libras según su tamaño, donde la mano de obra
empleada eran mujeres que en una banda hacían la limpieza de impurezas y
luego los equipos se encargaban de clasificarlos según el tamaño. Era un
ambiente fascinante. La mayor parte de las mujeres eran afro caribeñas de
Bluefields que hacían diario el viaje a El Bluff en un barco de la empresa
y desarrollaban su jornada hablando de todo, en inglés y a veces en
español, creando un ambiente ameno, florecido por amplias sonrisas y
carcajadas pero sin descuidar su importante labor. No cabe la menor duda
que la mayor satisfacción eran los momentos del pago semanal en base a la
planilla de horas normales y horas extras liquidado con gran rigurosidad.
¡Que inmensa satisfacción sentí al ganar dinero producto de mi trabajo en
esos años de estudiante!
Fue tan motivadora esa
experiencia que un día mi padre, White Bush Hill B. (QEPD) me dijo: “ahora
que ya ganaste tus pesos en tierra, te enseñaré como se ganan en el mar,
alístate que por la tarde, te vas conmigo a pescar”. A pescar en un barco
camaronero llamado San Martín frente a las costas de El Bluff. Todos los
años, entre los meses de noviembre y enero, la flota de barcos pesqueros
salía por las tardes a realizar su faena cerca de la costa, donde el
conglomerado de estos daba la impresión de tener una ciudad vecina, con
miles de luces vivas e intermitentes, que se desplazaba en el horizonte
durante las noches. Era un espectáculo increíble, admirado por los
caminantes desde la esquina de Miss Lilian con la mirada fija en el este,
frente a la playa de El Tortuguero.
Llegamos al muelle de los
barcos pesqueros como a las cuatro de la tarde. La tripulación se
encontraba haciendo los preparativos para la salida. En una hora mi padre
hizo el recuento de todo lo necesario para salir al mar: tripulación,
chequeo del combustible, estado del motor, hielo, estado de las redes,
radio comunicación, luces, alimentos, agua y definición del sitio de
pesca. Una vez concluido el chequeo procedió a comunicarse por la radio
con otros capitanes de barco que iban a salir esa tarde. Entre estos se
comunicó con su hermano menor, Henry B. Hill, el que salía también esa
tarde. Se pusieron de acuerdo y en una hora el San Martín soltaba sus
amarras del muelle para hacer su maniobra de salida y enrumbarse hacia la
barra. En menos de quince minutos el barco, con sus plumas extendidas,
comenzó a ser golpeado por las olas del mar y cambio un poco su rumbo
hacia el noreste, cortando las olas con la proa, navegando paralelo a la
costa del puerto desde donde se podía observar la loma y el faro. En la
cubierta la tripulación observaba con cierta melancolía la costa y la
incertidumbre apareció en sus semblantes revelando cierto grado de temor
al sentirse nuevamente sin el contacto de sus pies sobre tierra firme.
Una hora más tarde el San
Martín navegaba a unas ocho millas de la costa siempre en dirección
noreste y comenzaba a caer la noche. Ya se había perdido contacto visual
con la costa y, cada vez mas, se hacían notorios los haces de luz del faro
desprendidos de sus lentes de Fresnel, advirtiendo la lejanía de la costa
y creando a la vez una especie de sentido de seguridad en la tripulación.
Junto a mi padre, en la cabina del capitán, se podía observar a los otros
barcos pesqueros, emitiendo luces verdes los que iban a la izquierda y
luces rojas los de la derecha. Navegaban sin cesar a lo largo de la costa,
de sur a norte.
Después de la orden dada por
White Bush, fue lanzada al mar una red pequeña llamada “chango” de unos
seis pies de largo y con capacidad de capturar unas veinticinco libras las
que se arrastraron por unos veinte minutos para luego volver a subirlas.
Una vez levantada la abrieron e iniciaron a hacer el recuento. Quince
camarones de los grandes bastaron para que inmediatamente se diera la
orden de lanzar las redes mayores. Es una buena prueba, me dijo mi padre,
vamos a lanzar las redes grandes. En esos momentos, todos los capitanes de
barcos mantenían constante comunicación por radio, surgían pláticas,
algunas en español y otras en ingles, sobre los resultados de las pruebas
hechas, problemas con los barcos y marineros, el estado del tiempo, sus
expectativas de la captura así como de los acontecimientos transcurridos
en el puerto y, no lo dudemos, también sobre las aventuras y los
infaltables amores de marinos.
La noche estaba estrellada. La
marejada era llevadera para los marinos. Una brisa moderada proveniente
del este golpeaba a estribor. Todas las luces del San Martín estaban
encendidas cuando se dio la orden de hacer el primer lance de las redes
mayores. Eran como las siete y media de la noche. En un dos por tres la
tripulación procedió a realizarlo de manera ordenada y con sumo cuidado.
Primero hicieron la maniobra de largar o “calar” el aparejo desde la popa
dando avances lentos comenzando por la punta de las redes o “copo” que es
donde va a parar la captura, después las malletas, que son unos cabos de
nylon que va unidas a las puertas. En el instante de bajar las dos puertas
el cuidado de los marinos estaba al máximo debido a que se debe ejecutar
con la suficiente pericia para evitar que se crucen. Estas puertas van
sujetas a unos cables de acero en su cara anterior los que tienen un largo
suficiente para que puedan llegar al fondo marino formando un “seno”, que
en el extremo sujeto a las puertas, va arrastrando en el fondo mientas el
otro extremo va unido a la maquina o “winche” que es el encargado de
recoger el aparejo y es operado por el winchero. Acto seguido se procedió
a bajar los cables que sujetan las puertas con el sumo cuidado de que
estén igualados debido a que un error en la calada al arriarlos puede
desgarrar el arte por completo. El winchero mostraba su experiencia al ir
frenando cada carrete donde se cobra el cable. Una vez arriados estos los
marinos se mostraban alegres y amenos.
En ese instante el cocinero
nos llamó a cenar. Unos hermosos pargos rojos fritos, los que fueron
seleccionados por él a la hora de levantar el “chango”, acompañados de
abundante arroz, tajadas de plátano fritas, café en abundancia y el
infaltable chile de cabro nos esperaban en la mesa comedor. La cena fue
amena, reían, hablaban de sus cosas y de las expectativas de la captura.
Dentro de tres horas haremos el levante de la redes, dijo mi padre.
Continuaremos hacia el norte y al dar la vuelta lo haremos. Espero que
descansen. La noche será bastante larga. Te puedes acostar en mi camarote
y duerme un poco, me dijo. Te despertare a la hora del levante. Me acosté
con el estomago lleno y trate de conciliar el sueño mientas escuchaba a mi
padre hablar por radio y sostener conversación con el winchero, el que por
lo general, es el segundo al mando en el barco. El oleaje lo sentía más
fuerte y el ruido de motor no me dejaba dormir. Como a las once de la
noche me despertó. Levántate, me dijo, vamos a hacer el levante. Vamos a
dar la vuelta.
Al salir a cubierta los
marinos estaban listos para iniciar el levante de la redes. La maniobra
siguió el mismo proceso del lance, pero a la inversa, empezando por
recoger el cable hasta que subieron las puertas con sumo cuidado para ser
amarradas fuertemente y evitar así bandazos y accidentes por su volumen y
peso, desgrilletaron las malletas jalándolas con el winche para terminar
hasta llegar al final del saco, donde se encuentra la captura, el que
subió a bordo dando coletazos y los marinos se esmeraban con mucha fuerza
para sostenerlo. A ser levantadas en su totalidad, las redes fueron
abiertas por el copo y comenzó a salir la captura, similar a una
avalancha, entre las que caían camarones, peces, sardinas, tiburones
pequeños, calamares, algas marinas, pulpos, toda una variedad riquísima de
vida marítima. El San Martín ahora navegaba a menor velocidad en dirección
al sur, siempre paralelo a la costa, con todas sus luces encendidas y, a
lo lejos, el destello de las luces del faro era más tenue.
Con la captura en la cubierta,
los tres marinos, entre ellos el “pavo”, y el winchero comenzaron a
realizar el proceso de selección, unos sentados
en unos pequeños bancos de madera y otros de cuclillas, cada quien con una
canasta a su lado. Con una raqueta jalaban, seleccionaban, descabezaban y
depositaban los camarones en la canasta. El pavo, un aprendiz de marino,
seleccionaba los pescados, sardinas de buen tamaño, langostas y otras
especies de utilidad echándolas en recipientes diferentes. En esa labor
pasaron más de una hora. Al concluir, la captura rechazada fue tirada a la
mar, empujada por una raqueta grande a través de las escotillas de la
cubierta. El camarón descabezado fue lavado con agua a presión, pesado y
luego estibado en la bodega en hielo triturado. Cuantas libras, preguntó
mi padre. Doscientas respondió el winchero. Es un buen lance, comentó un
marino. Prepárense para el siguiente lance, dijo mi padre y se dirigió a
la radio para conocer los resultados de los otros camaroneros. Unos has
sacado un poco menos y otros lo mismo me dijo. Es una noche buena. Tienes
buena suerte comentó. Te veo pálido, anda dormí. Cuando hagamos el próximo
levante te despierto. Me siento mareado, le dije. Acuéstate que eso te
hará bien, respondió.
El oleaje era mas intenso
lo que provocaba movimientos bruscos del barco. La proa se hundía cortando
las olas, volvía a levantarse e inmediatamente se sentía un golpe de mar
fuerte a babor ladeándolo unos treinta grados a estribor. Como sin fuerzas
el San Martín volvía a estabilizarse para nuevamente iniciar su danza
entre las olas. Nunca pude conciliar el sueño y sentía la suculenta cena,
en mi estomago, moverse como compañera de baile del barco. De pronto caí
en un estado angustioso, sentía la boca salivosa, un leve dolor de cabeza
y sudaba frío. Mi estomago no pudo soportar más la danza del San Martín y
sin darme tiempo para nada, vomite en el camarote.
Escuche a mi padre decirme
levántate, me agarró de un brazo y la cintura llevándome a la cubierta
para que continuara vomitando. Vomité hasta lo que no tenía en el
estomago. En ese preciso instante un barco se acercó como a seis metros
del San Martín. Era el barco de mi tío Henry y lo escuche que gritaba
diciéndome: ¡Aja cabrón, ahora ya sabes como se ganan los pesos que le
pedís a tu papá! Me lo repitió dos veces pero no pude levantar la mirada
para ver su semblante porque nuevamente volví a vomitar una y otra vez.
Tenia una sensación de inestabilidad y desequilibrio lo que provocaba un
estado se inseguridad desagradable. Estaba padeciendo el “mal del
navegante”. Mi padre me sostenía y daba golpes leves en mi espalda lo que
me hacia sentir seguro. Al ver que deje de vomitar me llevó al camarote,
me dio a beber un vaso de agua, abrió la ventana y me dijo que me quedara
quieto viendo en un punto fijo y que tratara de dormir. Agotado y sin
fuerzas, deseando estar en tierra firme, me quede dormido.
Al despertar me sentía
desmoralizado. Mierda, pensé, se van a reír de mi. Al verme mi padre me
dijo que pronto llegaríamos a El Bluff y que ya se podía ver la loma y el
faro. Sin fuerzas me levanté y salí a cubierta. Me di cuenta que ya habían
hecho el ultimo lance porque tiraban los desechos al mar. No te ahueves,
me dijo el “pavo”, así como lo ves todos hemos vomitado más de una vez,
nadie se escapa de eso. Sentí un poco de alivio y la brisa llenó mis
pulmones de aire fresco, aire de mar. Miles de aves marinas, gaviotas,
pelícanos y tijeretas, nos acompañaban con los alegres sonidos de su
canto, dándose un festín con los desechos que salían por la cubierta.
Al llegar al muelle y
caminar hacia la casa aún sentía como que estaba navegando en el San
Martín. Pronto te sentirás mejor dijo mi padre, como que sabia lo que
estaba pasando. La vida de mar es dura y no es para todos, me dijo. Ahora
ya lo sabes. Si, respondí, nunca lo olvidare.
Ronald Hill Álvarez
La Colina
Nueva Guinea, RAAS
Domingo, 07 de febrero de 2010
hillron@hotmail.com
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